martes, 24 de abril de 2012

VIRUS



Cuerpo y ánimo

Complacencia o ruptura
Año 1980. La dictadura militar estaba en el poder. La cultura (para no hablar de la política) estaba fuertemente reprimida. Charly García aparecía en el inconsciente colectivo de la época como el artista ejemplar de la resistencia, el que buscaba eludir la censura a fuerza de metáforas. Paralelamente, revistas como Expreso Imaginario repudiaban el arte “complaciente”, lanzaban tomates en sus tapas contra películas como Fiebre de sábado por la noche. Veían en ese gesto un rechazo a la construcción del joven “no politizado”, hasta “hueco”, funcional a la dictadura. Si había baile, peor. Para la prensa rockera de ese momento, está claro, mientras más se movía el cuerpo, menos se ejercitaba el cerebro.
En ese contexto aparece Virus, la banda platense liderada por Federico Moura que tenía todos los números comprados para ser atacada. “Wadu Wadu”. ¿Qué era eso? “Este sábado a la noche te paso a buscar/ a bailar el Wadu Wadu que te va a gustar/ te prometo invitarte muchas veces más/ todo el tiempo Wadu Wadu para re-relajar”. Una letra “para la gilada”, creían. Demasiada alegría en tiempos donde cualquier artista prestigioso la pasaba mal. Cayó pésimo, por supuesto. Ningún rockero de pelo largo y barba crecida se puso a escuchar Virus.
Sin embargo, visto desde hoy, Virus es reconocido como algo más complejo. No sólo por mí en este artículo (aquí no voy a decir nada que no se haya dicho), sino también por el periodismo mainstream actual. En el plano musical, la banda introdujo la new wave al rock nacional (luego el synth pop) mientras grababa en las mentes de los jóvenes estribillos muy pegadizos. En el plano de las letras, combinó las tal vez simplistas celebraciones del baile con las audaces letras (sexuales muchas) de Roberto Jacoby, sociólogo y artista del Instituto Di Tella. En resumen, se trató de una banda que fusionó a la perfección pop con vanguardia. Todo eso sin hablar de la insólita personalidad del frontman Federico Moura.

El gran provocador
            Moura sobre el escenario era una especie de David Bowie argentino. Un Bowie versión 80s, el de “Modern Love” y “Let’s Dance”. Podemos sumarlo también a Freddie Mercury, tal vez porque Queen y Virus compartían algo de público. Y además, podríamos agregar al cóctel, a Manuel Puig, el escritor, para meterle una pata argentina al asunto.
            Lo importante es señalar que la homosexualidad en Moura era determinante en su arte. En el sentido más audaz e innovador del término. Su forma de cantar, su manera de moverse en el escenario. El líder de Virus era un gran provocador.
Es interesante ver cómo esa liberación del cuerpo, mediante el disfrute de las zonas erógenas prohibidas culturalmente al hombre (allí está la tapa de Superficies de placer para dejarlo en claro) y mediante la reivindicación del movimiento desinhibido (el baile), era rechazada tanto por la Dictadura como por los rockeros de la época.
            Moura fue así el intérprete inmejorable (tal vez al revés) de las letras eróticas de Roberto Jacoby. Es claro que la combinación imagen+voz+literatura dotó a la banda de un poder innovador fundamental. Mientras las letras posicionaban muchas veces al protagonista de los relatos como objeto de deseo, Moura seducía desde el micrófono, con los susurros característicos de su forma de cantar. Sacudir, aunque sea por una milésima de segundo, la sexualidad de sus oyentes es un mérito rupturista en cualquier artista que se precie como tal.

Los 80 en tu cabeza
            Virus comienza su carrera a finales de los años 70. La música con prestigio en la época era el jazz-rock. Aquí Spinetta con Alma de diamante y Charly con el bajo a la Jaco Pastorius de Serú Girán eran la forma de bajar a la Argentina las influencias de Mahavishnu Orchestra y Weather Report. Pero también existían numerosas personas que extrañaban a los grupos con la guitarrita folk (Sui Generis, Vivencia).
            El new wave, muy exitoso en el primer mundo con bandas como Blondie o Talking Heads, todavía no había llegado al país. Ni GIT, ni Los Abuelos de la Nada existían. Ni siquiera Gustavo Santaolalla había editado su disco de 1982.
Virus practicó el género en soledad y luego influyó sobre Soda Stereo (Moura fue productor del primer LP de la banda de Cerati). Para no exagerar, hay que enumerar dos bemoles: 1) Miguel Cantilo al volver de Europa en 1980 también transitó el género con su banda Punch. 2) Virus combinó el new wave con el rock bailable de los 50, algo que las bandas europeas y norteamericanas no hicieron. De cualquier manera, en resumen, con la introducción de la new wave en el país la banda de los Moura hizo algo extraño para un rock atrasado. Algo innovador.
            Mejor todavía fue que no se dejó estar. A partir de 1984, el grupo abandona ese estilo y se dedica al synth-pop, o mejor dicho al pop con uso de sintetizadores. De nuevo, el tipo de música era visto como algo complaciente por mucho público rock (los éxitos del momento utilizaban el mismo estilo, ver Tears for Tears o A-Ha). A esa interpretación ayudan los hits “El probador” o “Amor descartable”.
Sin embargo, con ese cambio hacia la electrónica Virus logra una nueva forma. En tándem con la voz desgarrada de Federico Moura, la música synth lenta transmite una tristeza sexual inédita en el mundo de la música. Oír la canción “Tomo lo que encuentro” y no dejarse atrapar por la desolación del combo resultante es no tener sensibilidad. En sus mejores momentos de los años 80, Virus utilizó las armas del pop para transmitirnos la música más triste jamás hecha.

Rock de letra y música
            Si ya dijimos que había vanguardia en la performance vocal y corporal de Federico Moura y si ya dijimos también que la había en los estilos que tocaban los instrumentistas, falta consignar la potencia de las letras, la potencia  del contenido literario del grupo.
            Para esta asignatura Virus utilizó a Roberto Jacoby, un artista del Instituto Di Tella que había estudiado Sociología. La acción de delegar la escritura de las letras fue (y es) algo insólito en el rock argentino y demuestra una cosa que es obvia: un tipo que dedica tardes y tardes a sacar acordes en guitarra y se hace músico no tiene por qué tener inquietudes literarias y talento para escribir poesía. De hecho, aporto mi caso personal: la mayor parte de los buenos guitarristas que conozco no podrían escribir una página coherente. Es obvio que hay excepciones (Charly, Spinetta, Solari), pero la norma es que quien se destaca en música no tiene por qué destacarse en letras.
            Los Moura lo advirtieron y recurrieron a Jacoby. Les funcionó muy bien porque el artista plástico pudo ver al rock nacional desde afuera como ningún fan de los recitales de la época podría haberlo hecho. Ver en Disco X Disco el comentario del LP Recrudece. Además, se puede decir que la búsqueda de la vanguardia siempre es más explícita en el terreno de las artes visuales, terreno en donde (casi) no existe la industria cultural. Nuevamente decimos, del choque entre la vanguardia y los estribillos pop, surge la riqueza de la banda.
            Vamos a enumerar algunos méritos de las letras de Jacoby (y de Virus en general): 1) el erotismo explícito, saca al grupo de lo romántico para meterlo en el terreno de lo prohibido. 2) algo que podemos llamar aclaración omnisciente: en la canción “Desesperado Secuencia Uno”, el cantante dice “estoy que no doy más” y un coro nos cuenta “no va más”. Se repite en algún otro tema. 3) las entrevistas parodiadas con actuación. Por ejemplo, en “Reportaje sincero y anticonvencional”, donde hay una transposición de un género periodístico a la musica burlona. Este recurso también se repite en otras canciones.

Cuerpo y ánimo
            Antes de preparar este artículo, más del 80% de los hits de Virus no me gustaban y quizás hoy sigan sin gustarme. Pero en estos días descubrí que debajo de la superficie, en el interior profundo de sus mejores LPs, hay (entre muchas otras cosas que ya fueron descriptas) algo único en el rock nacional y pocas veces visto en la escena extranjera: la comunicación lírico-musical de la extraña relación que todo el tiempo tiene el ser humano entre placer/displacer corporal y estado anímico.
            Dejo a los lectores con esa conclusión y les presento el Disco X Disco donde también incluí los dos álbumes posteriores a la muerte de Federico Moura. ¡Hasta la próxima!

DISCO X DISCO VIRUS


Wadu Wadu (1981) – ***
            Quince canciones en cuarenta minutos hay en este LP (en promedio cada tema dura 2:66). Sólo algunos años antes el rock nacional te hacía tracks de hasta un cuarto de hora. Wadu Wadu toma la temporalidad del punk, aunque más bien transita un estilo new wave divertido que a veces incurre en el rock bailable. Pecado total para una época en la que se hacían discos para escuchar en habitaciones solitarias (¡acá en Argentina el rock estaba como loco con Weather Report!).
Además, como si fuera poco, Wadu Wadu le agrega a la escena nacional una voz completamente fuera de lo común, la de Federico Moura, provocadora y desafiante. Cuestionadora de la masculinidad imperante en el rock argentino. Esa voz es uno de los secretos de este disco. A veces es agradablemente exagerada. Escuchar el tema  “Sorprendente”, que inaugura el género de las entrevistas parodiadas con actuación (en el próximo LP habrá otra). Prestar atención al minuto 2:34, como pronuncia Moura “emocionanteeees”. Oír  también la canción “Todo este tiempo perdido”, en el minuto 1:17, en donde dice “incapacidad a ad a ad”. Otra para sorprenderse: “Tontos de lenta evolución”, la parte que dice “ay Nestitorrrrrr”, con la erre bien marcada. De cualquier manera, hay que aclarar, la voz de Moura no sólo sobresalta, sino que también aporta tranquilidad en canciones lentas. Tres de los mejores temas del disco se ven beneficiados claramente por ello: “Caliente café”, “Super color” y en especial “Amor o acuerdo”.
No creo que todo el disco sea bueno. “Hombre plástico” es floja, me parece que no tiene grandes variaciones a lo largo de su metraje (no hay estribillo). “Loco, coco” me abruma con la manía de (casi) todo llevarlo a la “cl”, a la manera de la futura “Bandas chantas arañan la nada” con la “a” o de “Ojo con los Orozco” de León Gieco con la “o”. “A mil”, “Cantante farsante” y “Desconecta” no me terminan de cerrar e impiden que el disco tenga redondez. Pero bueno, son 15 canciones, quizás es mucho pedir que sean todas buenas.
De las diez que quedan (las que están OK) los mejores momentos son los siguientes. Lo que hace la guitarra en el momento que precede al estribillo de “Wadu Wadu”, el tema que da título al disco. La melodía de voz de las estrofas de “El rock es mi forma de ser” (cuando dice “sólo quiero sacudirte/ para que veas las cosas como son”). La tematización del psicoanálisis en “Tontos de lenta evolución”. La referencia a la sociedad de consumo de “Super color” (al estilo del primer LP de Soda Stereo, no casualmente producido por Federico Moura). Son momentos excelentes, metidos en buenas canciones.

Recrudece (1982) – ***1/2
            Este segundo LP de Virus es el menos exitoso de toda la historia de la banda. No tiene hits. En realidad se trata de un disco de canciones que, en su mayoría, tratan un mismo tema: el rock nacional. El grupo comandado por Federico Moura, en Recrudece, realiza una feroz crítica al movimiento, cargada de ironía y humor, motorizada por la exquisita pluma del letrista Roberto Jacoby. Vamos a ilustrar con cuatro ejemplos.
En “Ay que mambo” se puede escuchar: “ahora el rock/ vendió el stock/ nuestra canción/ salió al balcón/ hasta cuando/ será este encanto”. Se deben comprender estas líneas al calor de la época, 1982, momento de la Guerra de Malvinas y del “Festival de la Solidaridad Latinoamericana”. La correspondencia entre letra y música la encontramos en el paralelismo que aporta la voz de Moura al decir “disco music” y “rock nacional” con el mismo tono pop. Algo que en ese momento debe haber irritado a los rockers, siempre convencidos de que su música no era para nada “complaciente” como la otra.
Otra referencia al rock argentino la encontramos en “Reportaje sincero y anticonvencional”, una canción excelente, en donde se parodia una entrevista típica de un rockero. El tema presenta un personaje que afirma: “yo soy un ídolo/ con fama de frívolo/ y un tanto díscolo/ mas no es así, diganlo/ por favor, porque en el fondo/ sólo soy un muchacho sencillo”. Jaja, la típica de Clarín domingos al tipo que se ganó un Grammy. El costado musical lo aporta la voz cada vez más cansada del personaje, que repite de memoria (de “casete” se diría hoy) frases como “me atrapa y no me deja ser feliz/ en mi vida privada”. El tono es parecido a cuando uno estudia para una lección y repasa oraciones enteras. Ya después de decirlas ocho veces pierde la conciencia del significado. En este track, lo mejor es que después de dicha la frase viene un ruido brusco de guitarra y batería que ridiculiza y se despega de lo escuchado. Tiene la misma función que el “chan” del programa Duro de domar que hoy vemos.
El tercer tema al que vamos a referirnos es “Entra en movimiento”. Acá la banda se defiende de las acusaciones que pulularon en el ambiente rock después del primer disco (Wadu Wadu de 1981). Dice un personaje con voz autoritaria: “no te muevas/ no te rías/ la música es cosa seria”. Es interesante ver como, por no tratar temas sociopolíticos y hacer rock “divertido”, el rock argentino los atacó en forma masiva en 1981. Se los acusó de hacerle el juego a la dictadura. Lo interesante de este tema es que Virus y Jacoby dan vuelta la perilla completamente porque logran identificar el espíritu represor con la prohibición de bailar, de mostrar el movimiento del cuerpo. Y ahí se ponen enfrente tanto de los militares como de los rockeros. Parecen decir: lo reprimido no sólo es la paz, la justicia sino también la alegría, la sexualidad. Haber puesto luz sobre la práctica del baile en el rock fue una de las revoluciones más grandes que hizo Virus en el rock nacional. Un verdadero cambio de paradigma.
Por último, haré referencia a “Caricia azul o sino soledad carmesí”. Se escucha en el tema: “había luna en tus ojos… sí sí/ será por los anteojos, ha ha”. Otra frase es: “mi pájaro estaba herido/ no quería volar/ yo creo que era por el frío/ había un viento polar”. La canción se burla fuertemente del uso de metáfora facilista, típico en el rock de los 70, que identificaba, por ejemplo, “libertad” con cualquier animal volador o que utilizaba frases como “el alba es de mermelada”. Con esto Virus la remata, porque desactiva los recursos poéticos previos a su aparición. Hace algo propio de cualquier grupo con pretensiones vanguardistas. Y Virus, aunque el sonido pop con ambiciones masivas parezca desmentirlo, lo era.

Agujero interior (1983) – ***
            Nunca me gustó demasiado este LP. Me parece que lo que aparecía tematizado de manera mucho más rica en los discos anteriores, aquí es simplificado hasta el nivel mínimo para que sea fácilmente comprendido. Casi como en una publicidad. Así es como entiendo al tema “Hay que salir del agujero interior”. Me parece que no es más que una consigna. En Wadu Wadu y Recrudece estaba dicho lo mismo, de manera mucho más elaborada.   
            Opinión similar tengo sobre “El probador”. Me interesaba más “El 146”, incluída en el LP anterior. Aquella gema inauguraba la cosa lenta-triste-sexual que tiene el grupo de los Moura y que los hace únicos. “El probador” es un tema hot,  fashion, pero no erótico ni provocador. Los protagonistas (a los que se hace referencia en tercera persona) son una mujer y un hombre convencionales, y la anécdota es muy mínima. Nada hay de la ambigüedad del personaje de Federico Moura (el que está sentado en el colectivo y sólo ve sexualidad a su alrededor o el que luego viajaría al hotel Savoy en busca de una piel “morena y sensual”). “El probador”, en conclusión, podría ser, hoy, la cortina de un programa de TV de la tarde.
            De cualquier manera, Agujero interior, el LP, no es reprobable. El rockito “Carolina” está bueno. Hay que aclarar que es un cover del artista español Moncho Alpuente. Es muy agradable la parte  musical en que dice “la corte monegasca”. Otro para elogiar es “Buenos Aires smog”, que demuestra que Moura podria haber cantado muy bien en Los Violadores. “¿Qué hago en Manila?”, en tanto, es un buen lento. Tiene un cierto aire musical a vals que le sienta óptimo. En “Autocontrol”, por su parte,  me gusta la voz finita trucada. Por último, “Mundo enano” inaugura los ruiditos tecnológicos, que luego se harán protagonistas de los discos de la banda.

Relax (1984) – ***
            En este trabajo Virus incorpora el sintetizador. Queda un sonido bastante diferente al de los LPs previos de la banda, más enrolados en el new wave y el rock bailable. Puede comprobarse esto simplemente escuchando los primeros segundos del hit “Amor descartable”. También el synth aparece en “Desesperado secuencia uno”, “Juegos incompletos”, “Sentirse bien” y “Completo el stock”. Es una especie de rock electrónico, pariente (hijo o nieto) en algún sentido de Kraftwerk. En este blog,  anteriormente, elogiamos el disco Orquesta(1985) de Carlos Cutaia, así que también alabaremos éste. Innovadores ambos.
            Ahora bien, el costado malo de Relax son las letras. Este es el único disco de Virus en donde no está Roberto Jacoby y su ausencia se nota. Las frases de los temas son muy convencionales y el plus que tenía Virus como grupo pop + concepto aquí desaparece. “Dame una ayuda/ para poder continuar” lo escribe cualquiera. Lo mismo con “no puedo resistir esta realidad/ dame pronto una señal”. Son letras muy transitadas, que acercan más a Virus a lo complaciente y lo alejan de la posición desafiante que siempre tuvo.
            En resumen, Relax marca un paso adelante en la propuesta musical del grupo. Consigue cambiarle la cara a Virus sin perder de vista la musicalidad (hay al menos cuatro hits de buen nivel). Lamentablemente ese equilibrio entre lo masivo y lo novedoso no se consigue en las letras, mucho más friendly que las de Agujero interior (y eso ya es decir bastante). Pero bueno, lo mejor vendría en los próximos dos discos.

Locura (1985) – ***1/2
            Este LP se vendió muy bien. Incluso superó a Relax, el disco anterior, que ya había tenido elogiables resultados. La explicación está en dos canciones que sonaron tremendamente en las radios (y que hoy son clásicos): “Pronta entrega” y “Una luna de miel en la mano”. En mi opinión, si hablamos de lo estrictamente musical, estos dos temas aprueban, pero no son lo mejor de Locura. Lo más interesante de ellos está en las letras (asignatura del disco en la que participa nuevamente Roberto Jacoby). Las frases “busco un cuerpo para amar” y “me excito más cuando es con vos” trascienden lo romántico, para conventirse en eróticas. Una constante del LP es esa, lo sexual como tema preponderante. En “Una luna de miel…” inclusive el personaje de Moura se posiciona como objeto de deseo del oyente (“TU imaginación me programa en vivo” le dice a otro personaje, pero también a quien escucha el tema). Algo por demás desafiante no ya para el panorama del rock nacional, sino para la cultura argentina toda, acostumbrada a ver a los homosexuales en otros roles mucho más pasivos e intrascendentes.
            Decía que lo mejor de la música de Locurano estaba en los dos hits. Decía bien porque hay tres canciones que tienen un nivel insuperable: Son “Pecados para dos”, “Tomo lo que encuentro” y “Sin disfraz”. Me voy a tomar un párrafo para cada elogiar cada una porque lo merecen.
Quien escuche hoy “Pecados…” se verá sorprendido por las líneas que dicen “fuego, fuego” o “estamos enfermos”. Sí, así es, el Pity de Intoxicados tomó como influencia algunos pasajes de esta excelente canción. Otra cosa importante para aclarar: “Pecados…” hace un maravilloso uso de los sintetizadores y de las baterías electrónicas. Con esos dos elementos se logra un ritmo impecable en el track que es imposible dejar de seguir. Sólo los 80 lo podrían haber logrado.
“Tomo lo que encuentro”, la segunda canción que voy a destacar, lleva al límite el estilo lento y triste para hablar de sexualidad. En Locura(1985), lo que había inaugurado “El 146” allí por Recrudece (1982) toma forma electrónica y sedante. Canta Moura, sobre esa base musical lánguida: “no me importa nada, en cuestión de amor/ tomo lo que encuentro, me siento algo mejor” y uno percibe una especie de angustia fulminante mano a mano con la promiscuidad.
Por último haré referencia a “Sin disfraz”. La canción habla en primera persona sobre el encuentro sexual con un “taxi voy”. En ningún momento se deja de ver eso como algo prohibido o transgresor (“a veces voy donde reina el mal”, “por un minuto abandono el frac”). Nuevamente aparece la angustia (“me desnudo en lo espiritual/ para amar/ como si fuera/ mentiroso y nudista”). Otra vez incluye al público (“en taxi voy, hotel Savoy y bailaMOS”, nosotros inclusivo). Me gusta el juego con la temporalidad y la referencia al olfato como instantánea de una situación. Canta Moura: “Fue ayer, persiste el olor/ de esa piel morena y sensual”. Musicalmente la canción es lenta, pero remata cada estrofa con un “Uo Uo Uo, oo0, ooó”, que finalmente se extiende en el estribillo que cierra el track. Algo que queda realmente OK.

Superficies de placer (1987) – ****1/2
            En este LP nada queda ya del rock “divertido”/ bailable de principios de década. Superficies de placer, por la música pero en especial por la forma en que canta Federico Moura, tiene un clima muy triste, que es parejo a lo largo de los 45 minutos de duración total. Imposible es no relacionar eso con la difícil situación que estaban pasando los integrantes del grupo al momento de la grabación del álbum. Moura había sido diagnosticado como portador de VIH en Río de Janeiro, en medio de las sesiones de producción del LP. OK, no debería incidir esto que es extramusical en la valoración del álbum y además las canciones estaban compuestas de antemano. Pero es esa forma de cantar desgarradora y melancólica la huella de un estado de ánimo muy particular. Pocas veces la tecnología de grabación de la música captó tan bien la situación angustiante de un ejecutor.  
            De cualquier manera, Superficies de placerno sólo es eso. Es también, por lejos, el mejor conjunto de canciones en toda la historia de Virus. Al menos siete de los once temas son, de manera muy cómoda, obras maestras totales. Esto es bueno aclararlo de entrada para no espantar a nadie: aquí estamos ante un disco para los libros de historia (climas, enfermedad, “canto del cisne”, tapa), pero también ante un LP para escuchar y escuchar. La ausencia de hits puede confundir. Nunca olvidemos que el mejor enciclopedismo jamás le llegará a los talones al placer de recordar un tema y tararearlo días después de la escucha de un álbum.   
Pero bueno, ya metiéndonos en el análisis musical del disco es bueno señalar un par de características algo visibles. Hay algunos aires latinos en “Superficies de placer”, el tema que da título al álbum. Son hechos principalmente con percusión. Sirven para separar estrofas. Quedan OK. Otra característica saliente sería el uso del punteo de guitarra eléctrica después de la batería ochentosa. Ese contraste es muy original. Ocurre en “Epocalipsis” (a propósito, ¿de dónde sacan la melodía del estribillo? Im-pe-ca-ble) y también en “Polvos de una relación”.
Con perdón de lector, ahora gastaré un párrafo largo en el que para mí es el mejor tema de toda la historia de Virus, “Danza narcótica”, un lento hipnótico inmejorable. El secreto del track (además del clima y la voz) es la estructura. En cada estrofa tiene dos partes musicales bien diferentes. La inicial (en el comienzo es “danza de efectos narcóticos/ tenue contacto de espíritu”) y el remate (“atraviesan el umbral/ brumas manchadas de luz”). El gancho del tema, decía, es que en las siguientes estrofas el remate se va haciendo más complejo. En la segunda, por ejemplo, se le agrega una tercera línea (“encrucijada/ hay amenazas de un final/ frases para pensar”). Es como que el remate inicial, que recordamos del comienzo, se va haciendo desear. En la cuarta estrofa, ya son cuatro las líneas (“encrucijada/ hay amenazas de un final/ atraviesan el umbral/ brumas manchadas de luz”). Es como si hubiera dos falsos finales. Soy conciente de que esto que puse es inentendible para cualquier desconocedor del tema, pero bueno, después de escuchado el track, la reflexión tiene su utilidad. O al menos me parece.
Dije siete obras maestras. Sería bueno nombrar las tres que me quedan. Comienzo por “Ausencia”, que tiene un estribillo algo convencional en los papeles pero que gracias a Moura y a la grabación es muy atrayente. Sigo por “Mirada Speed”, de letra erótica al estilo Locura. Termino con “Impulsos aleatorios”, el genial tema movido en los instrumentos (y triste en la voz) que cierra el disco.
No nombré a “Encuentro en el Río musical”, track algo famoso que nunca me gustó demasiado. Tampoco a “Rumbos secretos”, lenta buena pero hasta ahí. Y menos a “Amores perpetuos” y “Transeúntes sin identidad”, que no me llamaron jamás. Esos cuatro pasajes más la tapa (un nada sutil dibujo de un culo en primer plano, tan simplificador como el concepto de Agujero interior) impiden a este LP ser EL MEJOR disco de la historia argentina. Pero, bueno, estuvo muy cerca.

Tierra del fuego (1989) – **1/2
            Primer LP de Virus en el que no participa Federico Moura. El grupo pierde practicamente el 100% de su identidad. Nada queda aquí de la ambigüedad, provocación, angustia de la etapa liderada por Federico. Ni en las letras ni en la voz. Se había terminado una banda legendaria y este disco confirma eso, por eso tal vez es tan duro el resultado.
En Tierra del fuego canta Marcelo, el hermano, y no lo hace bien (su timbre inexpresivo es hasta molesto). Se trata de 10 canciones pop que podría haber escrito cualquier grupo. Pero bueno, no sé si esto está tan mal. Tal vez si Virus post-Federico hubiera imitado al Virus anterior estaríamos hablando de algo patético. Intentaron hacer algo distinto. Les salió mal, intrascendente y falto de identidad. Pero por ahí evitaron el papelón. Tal vez la solución hubiera sido cambiar el nombre de la banda. Aunque seguramente la convocatoria habría bajado demasiado. En fin.
            Ahora vamos a los temas. Hay algunas cositas atendibles. Las estrofas apuntaladas por el teclado de “Muy natural” son agradables, los coritos femeninos de “Es al revés” están OK, el estribillo de “Volátil” puede funcionar, el lento final “Despedida nocturna” es lindo. A esto podríamos sumar (con mucha onda) dos temas que andan entre el “mediocre” y el “apenas aprueba”: son “El de moño negro” y “Lanzo y escucho”, dos gemas pop directas que quedan en la memoria al toque.
            Pero bueno, aunque se llame Virus esto no es Virus. Tierra del fuego es un disco para escuchar una o dos veces y no más. Casi como curiosidad de coleccionista.

Nueve (1998) – **
            Durante la década de los 90, Marcelo Moura y compañía hicieron más o menos lo que yo ponía en el comentario de Tierra del fuego: dejaron de utilizar el nombre “Virus”. No es que yo sea un genio de la anticipación (de hecho, esto lo escribo en 2012, jeje). Se caía de maduro que estaban en un callejón sin salida. O imitaban el “amaneramiento” de Federico, con riesgo de caer en lo lastimoso, o hacían cualquier cosa con el nombre, con riesgo de manchar la historia de la banda y no estar a la altura. Optaron por abandonar la insignia “Virus”, pero claro (y esto también lo ponía) la convocatoria de sus proyectos personales llamados de otra forma no tuvo la misma masividad.
            Es así como hay que entender Nueve, el disco de Virus lanzado en 1998. Se trata de un regreso desesperado (después de casi una década) a la redituable franquicia “Virus”, para recrear los clásicos en vivo y para vender algunos discos más con material original. Sigue sin haber una conexión evidente en lo musical con la época de Federico Moura, exceptuando una horrible versión lenta de “Mirada Speed”. Como en 1989, Nueve está firmado por “Virus” pero yo diría que esto, nuevamente, no es Virus.
            La voz de Marcelo Moura es francamente horrible. Canta medio lerdo, con un registro algo similar al de Germán Daffunchio (aunque más optimista). Y a la vez tiene algún pequeño dejo de “uso de la nuez” a la manera de un Morrisey. Uno de los ejemplos más desafortunados del disco es el tema “Hielo en el alcohol”, muy perjudicado por la performance vocal.
            La música del LP está más en la onda 90s. Hay alguna guitarra distorsionada. Ya casi nada queda de las baterías electrónicas que caracterizaron al trabajo de los 80 de Virus (con esto también incluyo al disco Tierra del fuego). De cualquier manera, queda algo de teclado que da una vaga onda synth-pop en varias canciones.
            ¿Todo es descartable en Nueve? No, más allá de sus limitaciones tiene algunos ganchitos. “Aitxeitxe” tiene un muy buen fragmento melódico en la segunda parte del estribillo, cuando dice “revelación pintada con un color”. Sorprende ese cambio. “América fatal” no está mal (cumplió bien como corte, me agradó relativamente en 1998). “Lucy” puede atraer en el remate (parte que dice “de noche, subimos sobre mi casa”). El resto, para mí, es casi descartable en un 100%. De nuevo, un disco para no escuchar más que como curiosidad una o dos veces.